Read this article in English / Lea este artículo en inglés: The veterinary podium: Gold, silver, and bronze standards of care
El podio veterinario: Oro, plata y bronce en el espectro de cuidados
La medicina veterinaria suele medirse según el gold standard. Pero, como en el podio olímpico, la plata y el bronce también cuentan, sobre todo cuando el oro está fuera del alcance económico del cliente.
Me llamo Ignacio Mérida Isla, aunque los que me conocen saben que solo respondo a Nacho. Vengo de España, concretamente de Santander, una ciudad pequeña del norte del país, y soy veterinario desde hace más de 20 años.
Actualmente vivo en el Reino Unido, donde hago sustituciones clínicas, lo que me permite ver diferentes modelos de trabajo, distintas formas de entender la profesión y, sobre todo, llegar una y otra vez a la misma conclusión: los problemas importantes de la veterinaria rara vez están en los libros; suelen estar en la consulta.
Hace poco terminaron los Juegos Olímpicos de Invierno y España volvió a celebrar algo poco habitual: una medalla de oro. La primera en más de 50 años. Eso de traer pocos oros no es extraño; le ocurre a la mayoría de los países. Solo unos pocos viven instalados en la exigencia permanente del podio. Y por encima de todos, Team USA, donde parece que solo sirve el oro. El famoso gold standard.
Curiosamente, en veterinaria también vivimos obsesionados con eso.
Nos hemos acostumbrado a hablar del gold standard como si fuera el único idioma aceptable de la medicina. La mejor prueba diagnóstica, la cirugía ideal, la derivación al especialista, la hospitalización perfecta, la resonancia, la laparoscopia, la medicina impecable. Y clínicamente, por supuesto, muchas veces ese es el mejor abordaje posible. Nadie discute eso.
El problema aparece cuando dejamos de entender el gold standard como la mejor opción posible y empezamos a tratarlo como la única opción moralmente aceptable. Ahí es donde la medicina deja de ser clínica y empieza a parecer religión.
Porque entonces dejamos fuera a demasiados propietarios.
La mayoría de los dueños de mascotas no viven en el gold standard. Viven en la hipoteca, la inflación, el precio del combustible, el colegio de los niños, la cuota del coche y las urgencias que nunca avisan. Quieren a su perro exactamente igual que cualquiera. Quieren a su gato con la misma intensidad emocional que cualquier otro propietario. Pero el cariño no financia una factura de 4 cifras.
Y ahí aparece el famoso spectrum of care, el espectro de cuidados, como si ponerle un nombre elegante hiciera más fácil aceptar una realidad incómoda. Y, en realidad, sí lo hace.
Porque ofrecer distintos niveles de tratamiento no significa hacer peor medicina. Significa hacer medicina posible. Significa entender que entre el oro y la eutanasia existe mucho terreno habitable.
Existe la plata.
Existe el bronce.
Y, sorprendentemente para algunos, también ahí se salvan vidas.
El verdadero problema es que casi nadie nos enseña esto. Las facultades de veterinaria siguen educando en binario. Esto se hace así. Esto es lo correcto. Esto es lo indicado. Y, aunque nadie lo diga de forma explícita, el mensaje muchas veces suena casi acusatorio: si no haces esto, eres un mal veterinario; si no aceptas esto, eres un mal propietario.
Pero la práctica clínica real no funciona así.
La medicina real no ocurre en congresos. Ocurre en consulta. Con un perro geriátrico delante, una familia preocupada enfrente, una tarjeta que no da más, una decisión incómoda y alguien llorando mientras intenta decidir qué puede permitirse sin sentirse culpable.
En ese momento no sirve repetir el protocolo como si fuera una oración aprendida de memoria. Ahí hace falta criterio. Hace falta experiencia. Hace falta saber priorizar. Hace falta entender que medicina y economía no viven separadas, aunque durante años nos hayan hecho creer lo contrario.
Una de las mayores frustraciones de los veterinarios jóvenes nace exactamente aquí. No nace de la falta de conocimientos, sino de descubrir que la medicina real no se parece a la que enseña la facultad. Les enseñaron a pelear por el oro, pero la mayoría de los partidos se juegan en plata y bronce. Nadie les explicó cómo hacerlo sin sentir que estaban traicionando la profesión.
Ese sentimiento destruye carreras.
Genera culpa.
Genera burnout.
Genera la falsa sensación de que adaptar la medicina al contexto económico del cliente es rebajar el nivel, cuando en realidad suele ser exactamente lo contrario: es una medicina más difícil.
Porque recomendar la prueba más cara es fácil. Lo difícil es decidir qué prueba cambia realmente el pronóstico. Lo difícil es separar la medicina del ego profesional. Lo difícil es aceptar que no siempre podemos practicar la veterinaria ideal, pero sí podemos practicar una veterinaria honesta y cercana.
Además, hay otro problema del que hablamos poco: hemos confundido medicina basada en la evidencia con obediencia ciega.
La medicina basada en la evidencia fue una de las mejores cosas que le pasaron a la profesión. Nació para reducir la variabilidad clínica, para ayudar al veterinario joven a tomar mejores decisiones y para acortar la distancia entre el recién licenciado y el clínico con 20 años de experiencia. Era una herramienta para mejorar la transición entre saber teoría y saber ejercer.
Era un puente.
Era una forma de evitar que todo dependiera exclusivamente del famoso “yo siempre lo he hecho así”, esa frase que tanto daño ha hecho y sigue haciendo en la clínica diaria.
Pero en algún momento dejamos de usarla como apoyo y empezamos a usarla como dogma. Como si un estudio publicado fuera una orden divina. Como si cuestionar la aplicabilidad de una recomendación clínica fuera una forma de herejía profesional.
Y no.
Muchos de los estudios que sostienen nuestro famoso gold standard provienen de hospitales de referencia, centros terciarios, universidades o servicios altamente especializados donde el tipo de paciente no se parece demasiado al que vemos en la clínica de primera opinión.
Son pacientes seleccionados. Propietarios altamente comprometidos. Casos complejos. Entornos con más medios diagnósticos, más tiempo y, muchas veces, una disposición económica completamente distinta.
Y, sobre todo, con una variable que desaparece con demasiada frecuencia del artículo: quién paga la factura.
Porque el coste también forma parte de la medicina, aunque a veces nos incomode admitirlo. No se puede hablar de tratamiento ideal ignorando la capacidad real del propietario para asumirlo. Eso no es mala medicina. Eso es mala gestión clínica.
La evidencia científica debe ayudarnos a pensar mejor, no a dejar de pensar.
No se trata de ignorar la evidencia ni de justificar malas decisiones bajo el paraguas de la flexibilidad clínica. Se trata de contextualizarla. Se trata de entender que un protocolo excelente en un hospital universitario no siempre es la mejor solución en una clínica de barrio, a las 7 de la tarde, con un propietario que tiene 300 euros disponibles y una urgencia delante.
La medicina no ocurre en el artículo.
Ocurre en consulta.
Y ahí, además de evidencia, hacen falta criterio, comunicación y honestidad.
Durante años hemos vendido la idea de que ofrecer alternativas era sinónimo de bajar el nivel profesional. Como si la única medicina ética fuera la más cara. Como si la única forma de demostrar competencia fuera recomendar siempre el abordaje más completo, independientemente del contexto.
Eso no solo es falso, sino que también es profundamente injusto.
Es injusto para el propietario, porque convierte una limitación económica en una culpa moral.
Es injusto para el veterinario joven, porque le obliga a vivir cada consulta como una pequeña traición a lo que le enseñaron.
Y es injusto para la profesión, porque nos aleja precisamente de aquello que debería definirnos: resolver problemas reales de la mejor forma posible.
Un veterinario que solo sabe ofrecer medicina de oro no necesariamente es mejor clínico. A veces, simplemente ha tenido clientes más ricos.
El verdadero buen veterinario es el que sabe navegar entre el oro, la plata y el bronce sin perder el rigor, sin perder la ética y sin perder al cliente por el camino. El que entiende que el objetivo no es imponer una medicina perfecta sobre el papel, sino conseguir el mejor resultado posible dentro de la realidad de cada familia.
Eso exige más conocimiento, no menos.
Exige más comunicación, no menos.
Exige más responsabilidad, no menos.
Porque practicar spectrum of care no consiste en abaratar la medicina, sino en tomar mejores decisiones. Consiste en preguntarse qué necesita realmente ese paciente, qué puede asumir ese propietario y qué intervención tiene un impacto real sobre el pronóstico.
A veces será oro.
Y estará bien.
A veces será plata.
Y también estará bien.
A veces será bronce.
Y seguirá estando bien.
Porque la buena medicina no siempre se mide por cuánto se gasta, sino por la calidad del criterio detrás de cada decisión.
Quizá ha llegado el momento de dejar de formar veterinarios para una veterinaria olímpica que casi nunca existe y empezar a prepararlos para la consulta real, donde la excelencia no consiste en recomendar siempre lo máximo, sino en saber construir soluciones responsables dentro de la imperfección.
El gold standard no debería ser una religión.
Debería ser una referencia.
Un faro, no una imposición.
Porque entre el oro y la eutanasia existe mucho terreno habitable, y ahí es donde trabaja la mayoría de la profesión.
No es medicina de segunda.
Es medicina real.
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